sábado, 29 de agosto de 2015

Drácula, la leyenda

¿Quién es Drácula? ¡Qué gran incógnita! Sabemos que el conde fue un personaje creado por Bram Stoker, basado en Vlad Draculea, también conocido como Vlad el Empalador. Ahora bien, ¿dónde se encuentra la línea que separa la realidad de la ficción? No podemos saber con exactitud hasta qué punto el escritor irlandés tomó como inspiración su sádica vida - la leyenda dice que Vlad Tepes bebía la sangre de sus víctimas en una copa delante de los empalados... En cualquier caso, en Rumanía, castillo que visitas, castillo relacionado con este personaje - ya sea cierta su presencia allí o no. ¡Aquí os dejo algunas fotos!


Este es el Castillo de Bran. Se cree que sirvió a Stoker para idear el hogar del famoso vampiro.

    




Estas dos imágenes pertenecen al Castillo de Poenari, verdadera residencia de Vlad el Empalador. Para llegar a él hay que subir alrededor de 1500 escalones... ¡Y lo mejor de todo! En cuanto llegas arriba te encuentras con dos muñecos empalados, siguiendo el estilo del Príncipe de Valaquia. 



Y esta placa se encuentra en Sighisoara, ciudad en la que nació Vlad Tepes.


En lo que respecta al libro de Stoker, he de admitir que he sido incapaz de leer más de 60 hojas. Puede que haya sido el estilo - en mi opinión, algo arcaico- en el que está escrito. O quizá el hecho de que sea narrado a través de cartas. Sea como fuere - y para remediar esto - os recomiendo una película basada en el libro que realmente merece la pena. Se llama Drácula, de Bram Stoker. Aquí os dejo el tráiler. ¡Ya me contaréis! 




miércoles, 12 de agosto de 2015

PD: Berlín

Ay, Berlín. Esa ciudad que no encaja en ningún estándar y a la vez en todos. ¿Qué se puede esperar de un lugar en continuo cambio? “Berlín es esa ciudad condenada a siempre convertirse y a nunca ser”. Esa cita resume la esencia de esta capital europea, tan alternativa, tan llena de vida y de historia. Muchos la acusan de no tener la grandeza tradicional de otras ciudades como París o Londres, pero ¿para qué? No la necesita. Berlín te captura. Ya sea con los grafitis de los edificios de Spandauer Vorstadt, la imponente Puerta de Brandemburgo en Pariser Platz, el maravilloso Reichstag, los curiosos Ampelman o los increíbles edificios de la Museumsinsel. Podría seguir enumerando los infinitos encantos de la capital alemana, pero mejor dejo que los descubráis por vosotros mismos...












sábado, 1 de agosto de 2015

El árbol de la ciencia

"La literatura no puede reflejar todo lo negro de la vida. La razón principal es que la literatura escoge y la vida no". (Pío Baroja)

Algo se mueve dentro cuando uno lee esta cita. Es oscura y casi siniestra, me atrevería a decir. Seguro que muchos consideráis que es la más pura verdad. Yo no lo creo así. Pienso que siempre hay algo, aunque sea lo más insignificante, que aporta luz a esa negrura de la que habla Baroja. 

En cierto modo, estas dos líneas resumen para mí la obra de este autor. Pesimista, oscura, desalentadora. El árbol de la ciencia es el claro ejemplo. Un hombre que se va desencantando de todo lo que le rodea hasta que no queda nada que le ilusione. Solo durante cuatro páginas del libro Baroja se permite el lujo de dejar experimentar a Andrés Hurtado lo que es la felicidad. Cuatro páginas. ¿Acaso no se merecía más? Él plantea que todo es una farsa, el amor, la libertad... nada tiene sentido. Hasta la medicina, por la que siente verdadera pasión, le desilusiona.  "La vida en general, y sobre todo la suya, le parecía una cosa fea, turbia, dolorosa e innominable."

No obstante, más allá de ese pesimismo vital, nos encontramos con algunas reflexiones muy interesantes y que merecen ser leídas varias veces. Una de las que más me han llamado la atención es la que os dejo a continuación.


«Antes para mí era una gran pena considerar el infinito del espacio; creer el mundo inacabable me producía una gran impresión; pensar que al día siguiente de mi muerte el espacio y el tiempo seguirían existiendo, me entristecía, y eso que consideraba que mi vida no es una cosa envidiable; pero cuando llegué a comprender que la idea del espacio y del tiempo son necesidades de nuestro espíritu, pero que no tienen realidad; cuando me convencí por Kant que el espacio y el tiempo no significan nada; por lo menos que la idea que tenemos de ellos puede no existir fuera de nosotros, me tranquilicé. Para mí es un consuelo pensar que, así como nuestra retina produce los colores, nuestro cerebro produce las ideas de tiempo, de espacio y de causalidad. 
Acabado nuestro cerebro, se acabó el mundo. Ya no sigue el tiempo, ya no sigue el espacio, ya no hay encadenamiento de causas. Se acabó la comedia, pero definitivamente.
Podemos suponer que un tiempo y un espacio sigan para los demás. Pero ¿eso qué importa, si no es nuestro, que es el único real?». 

En pocas palabras: un libro desalentador, pero muy interesante. Recomendable para ver una perspectiva diferente de la vida. No aconsejable si alguien está bajo de ánimos...